Lavín, Rosa
No temas, lector sin nombre.
Ya has cruzado este umbral en otros sueños.
Aquí reposa lo que nunca concluyó:
la fisura donde la luz se inclinó hacia su sombra
y la sombra aprendió a pronunciar su resplandor.
Desde entonces, todo lo que respira guarda su vestigio:
la claridad que se olvida,
la oscuridad que recuerda.
Cada palabra de este códice conserva ese pulso.
No relata, invoca.
No enseña, despierta.
Si lo abres, oirás el murmullo antiguo
que habita en tu pecho
desde antes del lenguaje.
No hallarás absolución,
sino la herencia del principio,
la herida que aún respira bajo el mundo.
Todo reflejo termina recordando su origen.
Y cuando termines de leer, comprenderás que no fuiste
tú quien abrió el códice…
fue el códice quien te abrió a ti.