María Beaujon, Dulce
Cuando empecé a escribir este libro, llevaba el alma hecha pedazos.
Cada hoja se inundaba de mis lágrimas y la tinta se corría por todos los bordes.
Era la segunda vez en apenas dos años que el dolor me habitaba así profundo, crudo, desgarrador.
Solo deseaba una cosa: que el dolor no doliera.
Pero la vida, caprichosa, exige ser sentida en todas sus formas, incluso en aquellas que me pesan en los hombros y hunden mis pies en la tierra.
Mis palabras quedaron grabadas no solo en esas hojas, sino también en mi corazón.
Aprendí que el dolor necesitaba doler hasta volverse insoportable.
Y lo hice mío.
Lo abracé.
Lo habité hasta que, un día, al despertar, ya no dolía.
Lloré, sí.
No comí.
No salí.
Me aislé.
Grité en la oscuridad.
Me herí.
Toqué fondo.
Entonces entendí: cuando el dolor se apaga, nace el arte.
La música se escucha más clara.
El cielo se ve más brillante.
Las ganas de bailar y reír florecen silenciosamente.
El dolor me enseñó que no viene a matarnos, sino a transformarnos.
Hoy riego las flores que nacieron sobre aquel dolor.
Las contemplo elevarse hasta el cielo, entregando sus colores más hermosos al viento.