MATARI
El perro emitió un sonido bajo. No un gruñido. Algo peor. Un murmullo infantil. Nora cerró los ojos. Y el martillo descendió. El impacto sonó como una lápida partiéndose bajo tierra. La cabeza del perro se abrió como una flor deforme en una explosión espesa y roja de la que brotó una materia oscura, aceitosa, empapada de un hedor antiguo. El cuerpo tembló mientras de la grieta surgían pequeños chillidos, como cientos de voces infantiles ahogándose al mismo tiempo. Nora golpeó una y otra vez hasta dejar solo una masa irreconocible. Entonces el silencio regresó. Entre las tumbas había sombras de niños inmóviles.
–Siempre cruzar la puerta da más miedo que estar al otro lado –susurró Samael.