Aguilar Rasero, Julián
Herrumbre sintetiza el abrazo a los pueblos, sus gentes y sus sierras, y el espanto que genera descubrir otras formas de transitar la vida donde el canto de los pájaros se ahoga en el sonido de los cláxones y las estaciones no se manifiestan más allá de los anuncios de los escaparates.
Es un poemario luminoso, lleno de sonidos, imágenes, olores y sabores. Es una reivindicación de un modo de vida en el que el valor de lo común, seres y entorno, se convierte en motor y sentido. El abandono de la tierra y la pérdida son su herida abierta, pero también hay espacio para las relaciones humanas desde la nostalgia y la esperanza.
En sus poemas también se cuestionan las consecuencias de una economía neoliberal y la fantasía de un ser individualista, siempre productivo y omnipotente.
La muerte, su liturgia y el espíritu pacifista se entrelazan en su última parte, «Cementerio», donde la Guerra Civil aparece como una cuestión indisociable de la historia de nuestros pueblos.