L. Genzor
Es extraño cómo, durante el mediodía, la presencia del sol es innegable. Su calor abrasador calcina todo lo que toca.
Sin embargo, durante la noche, no hay rastro de esa belleza e intensidad, no hay rastro de ese calor que todo lo quema.
Ícaro no solo tuvo la gran mala suerte de volar durante el día, la grandeza y belleza del sol también le condenaron. Le obnubilaron, se acercó demasiado.
Pero sonrió mientras caía, al fin y al cabo, él amaba el sol.